Lope Hernán Chacón: Aquilino Duque. La palabra secreta

Aquilino Duque. 

La palabra secreta. 

[Antología 1958-2018]

Edición de Juan Lamillar.

Renacimiento. Sevilla, 2018.

La verdad de la patria está en el oro 

en que cambia lo verde con el sol del otoño. 

También el sol pone amarillos 

en las estanterías los lomos de los libros. 

Los libros y los árboles, y el otoño entre ellos, 

la lluvia en los cristales, la lumbre en el brasero…

Así comienza Mis poderes, un poema de Las nieves del tiempo, de Aquilino Duque. Forma parte del centenar de textos de la antología que ha preparado Juan Lamillar par la Editorial Renacimiento.

Bajo el título La palabra secreta se recogen en este volumen sesenta años de escritura del autor de una “poesía con nombres”, como señala Juan Lamillar en el prólogo de esta edición que añade tres inéditos a las muestras de sus ocho libros, desde La calle de la luna y El campo de la verdad, los dos de 1958, hasta Entreluces, de 2009.

Entre lo andaluz y lo universal, porque “tienen los andaluces por patria el Universo”, como escribió en La sed; entre lo urbano y lo rural, lo culto y lo popular, la poesía meditativa de Aquilino Duque es un ejercicio de memoria y de búsqueda de “esa palabra secreta que encierra la magia del mundo”, explica Juan Lamillar en el prólogo.

Con la gracia alada del arte menor o la solemnidad del endecasílabo y el alejandrino, recorren esta poesía la música y las ciudades -de Nápoles a Sevilla, de Roma a Lisboa, de Viena a Buenos Aires-, el tiempo y los poetas -Cernuda y Machado, Bécquer y Claudio Rodríguez, Alberti y Garcilaso, Keats y Leopardi-, la pintura y la tauromaquia, de Juan Belmonte a Pepe Luis Vázquez, al que dedica el inédito que cierra el libro:

Pepe Luis Vázquez in memoriam 

“Jeder Engel ist schrecklich” 

R. M. R. 

“Ya sólo veo por dentro”, le decía a un amigo, 

en la penumbra azul de los últimos años 

de una vida de luces. 

Las del traje tenían que apagarse. 

Las de la inteligencia ardieron siempre. 

Y él fue reloj de sol que tan sólo contaba 

las horas luminosas, y eso era 

lo que veía por dentro cuando ya no veía; 

pero nunca olvidó que un ángel puede a veces 

de un aletazo ensombrecerlo todo. 

De ángeles él sabía más que nadie, 

tanto como el que más, y así se andaba 

con aquel que decía que todo ángel da miedo, 

que aterra, y más si monta guardia 

en la puerta del patio de cuadrillas. 

Dios reparte a voleo 

las luces entre los mortales. 

Las que a él le tocaron fueron maravillosas. 

Los que las vimos las seguimos viendo 

igual que él, por dentro, con los ojos cerrados. 

Santos Domínguez

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